La maguita

¿Has visto magos, no?

¿Pero magas?

¡Es raro el caso!

Pero maguitos es bastante escaso el asunto. Y maguitas, de plano creo que nunca había visto una.

Bueno, pues resulta que hace unos días tuve la visita de una. Pequeña de verdad, tiene ahora casi tres años, sí los cumple en dos meses o tres o los que sean, no me importa, hay personas que adoran hacer esas precisiones ¡yo no!

Ella llegó como siempre llegan los magos, con su cargamento de trucos, pañuelos escondidos, cajones donde se parte en dos el cuerpo de la asistente y la extremidad superior hasta habla con el mago y en la otra caja, queda la extremidad inferior donde se mueven los pies a la vez. Trajo su varita mágica, que mas bien era su dedo mágico, con él indicaba lo que asentía o negaba. Sus ropajes eran de colores diversos, sus zapatos con iluminación especial.

Cualquiera puede pensar que no es nada fuera de lo común, pero la historia apenas comienza cuando una vez ambientada, observa, claro siempre bajo la vigilante mirada de su madre y con la seguridad de sus abrazos.

De pronto, sin anuncio previo se oye en mi imaginación que no lleva altavoces:

¡Y ahora para ustedes la magita Malaika!

Una serie de aplausos se escuchan en su cerebro y en el mio, no se si su madre y su abuela alcanzaron a escucharlos. ¡Ella si!

Y aquí, ahora si, empieza la función…

-¡Mira abuelo!-dice como si fuera una pregunta, pero también como una instrucción, so pena de recibir una mirada decepcionada por no tomarla en cuenta o bien un giro de sus pies, marchándose rápidamente lo más cerca de su madre.

Presume su vestido de bolitas y sus zapatos “tenis” que traen la figura de Pepa pig, es su indumentaria para la función de hoy, su lenguaje impecable te llama la atención, pues articula correctamente el sujeto, el verbo y el predicado. La conjugación la aplica de acuerdo a la persona en yo, tu, el, nosotros, etc. sin error y aquí sigues en observación. Ella desea conocer tu opinión, pero ve como reaccionas.

O cuando a la mitad del acto, ya emocionado, le dices: ¡Te quiero mi nieta!

-¡Mi papito también me quiere!-espeta a mitad de su oración y completa:

-¡Y tú también!-.

Aquí de plano, se apoderó del escenario donde el único espectador soy yo. Se mueve por la sala, el estudio, empuja la puerta, interrumpe lo que hago y para todo tiene una cuestión.

-¿Qué estás haciendo?

-¡Estoy escribiendo mi amor!

_¿Para qué?

-Para hacer un trabajo-.

-¿De que es tu trabajo?

Las preguntas continúan como examen de nivel judicial donde además, no tengo escapatoria.

A la hora del desayuno, su rostro es concentrado en lo que come, pero cambia ligeramente y entona una canción de un conjuro mágico.

-¿Quieres?-me invita uvas, que le fascinan. Hago la simulación de tomar la uva y ella hace el truco de apoderarse de mi atención.

Con su dedo de su mano izquierda me indica y sentencia.

-A mi me gustan mucho-aclara- y yo me quedo con la boca abierta del truco que acaba de realizar esta discípula de Larousse o princesa de la RAE.

La madre, solo alcanza a tapar su boca ante la sorpresa de sus expresiones, unas que ya le ha escuchado y otras nuevas que son integradas a su repertorio. ¿Como hacen estos niños ahora, observadores, inteligentes, informados y sus mejores trucos aun no los ha usado.

Mira un barco “grandotote” usando el superlativo sin reparo, más adelante una lancha es objeto de su escrutinio y califica.

-Esta es mas chiquita.

En la comunión de los días, esta maguita no es de un solo acto y una sola pista. Sus actos son todos los días y en varias locaciones, tiene diversos horarios y sus trucos muy variados.

-Buenas noches abuelo, ya voy a dormir- enfundada en su pijama, con sandalias y su cepillo dental en la mano. Una personita con su carácter y detalles geniales que disfrutar. Y quisiera abundar en cada uno pero no paro de aprender sus trucos, tal vez he envejecido y olvidado de cuando también los hacia con mucha facilidad y ahora el tiempo me ha sacado del escenario para convertirme en espectador.

Corre, me abraza una pierna y estampa dos besos sobre mi pantalón.

-Mira, quedó mi baba- me informa al ver mojado el pantalón por su besos. Y la cosa no queda ahí, regresa inmediatamente y me estampa otro beso en la mejilla a la orden de:

-Agachate.

A estas alturas, ya estoy hipnotizado por la maguita, sus cabellos desordenados son parte del espectáculo, sus movimientos de manos van incluidos con sus poses y expresiones de su rostro. Brilla en el escenario.

Hace un pase magico, el espacio es pequeño y no quiero aburrirles y tener que contarles la función completa. Su acto final es como un salto triple dentro de una cabina que se incendia en tres segundos y sale ilesa con los brazos en alto.

-Que fuerte, fuerte, estoy-levanta sus brazos resaltando sus hombros y cerrando sus puños, su rostro con fiereza (de bebe por supuesto), pronuncia:

-¡Tú (o sea yo) eres muy guapo abuelo!

En ese instante estoy perdido, el hechizo ha funcionado, sin manzana, sin elixir, sin varita, sin conjuros, solo quedo estupefacto y me entrego sin resistencia al amor sublime de esta maguita llamada Malaika y que al otro día tomará un vuelo de regreso a casa, donde le esperan los abrazos de su padre que extraña, dejando atrás los brazos abiertos (del guapo gigante que ha de ver con sus apenas tres años) y que mudo quedó sin poder expresar lo que ahora escribo.

¿Ahora cómo me quito esta sonrisa de la cara?

Espero que algún día estas letras las convierta en trucos de amor que se le dan tan fácil.

A. R. Barrios

28 de agosto del 2017

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