Canto de Mercedes (un año después)

Un año después…
Su rostro no se había ido, su mirada tampoco. Su nombre significa todo y este se repetía entre los días y el nuevo camino de la universidad, los libros, el dedicarse, pues el cerebro no se debe distraer.

En el transcurso de ese año, nos cruzamos dos o tres veces, el saludo tímido, sus lindos ojos detrás de sus lentes, siempre acompañada por su madre quien con cara de alcurnia venida a menos, me miraba desconfiada y repulsiva, nunca le agradé (cosa que me vale un kilómetro de nada).


Cierto día, nos cruzamos, vivía cerca de mi casa o mejor yo, cerca de la suya, como quieras. El caso es que venía sola, sin su madre y entonces aproveché la distracción del ojo que todo lo ve y me detuve a saludarle y más…

—¡Hola MariMerce!—balbuceé mi muy escueto el saludo, pues solo había la miradas y pocas palabras cruzadas con anterioridad.

—¡hola, ¿como estás?

—¡bien!—expresé sin convicción. En ese momento mi cerebro eran millones de palabras por mili segundo, ideas preconcebidas que pensé se las diría cuando la viera y de manera torpe, sin saber como, salió:

Sabes, te conozco hace poco, te he visto algunas veces pero me encantaría si aceptaras ser mi novia—alcance a decir, sin mucha seguridad, más bien con miedo. Nadie antes me había dicho que si, nadie antes había sido mi novia, nadie antes había creído en mi y esta vez se lo expresaba o pedía a la más linda niña, que hace un año había cumplido quince y que no perdía aún su rostro de niña, de ángel bello con cejas pobladas y pestañas largas, sus lindos ojos, su delgadez ternura.

—¿Aceptas?

—¡Lo pensaré pero le pediré permiso a mi mamá!—fue como cuando el big bang en mis oídos, la creación se puso en marcha, las hormonas se agolpaban en mi cuerpo, más ideas y medio apendejado, le tomé la mano a modo de saludo, le di las gracias, le bese su mejilla y me despedí caminando en sentido contrario pues su madre le esperaba dentro de la casa de la abuela a unos pocos metros y era peor que enfrentar a los talibanes esta mujer, celosa, rencorosa, desconfiada y muy posesiva de sus hijas.

No recuerdo haberle dicho que la veía, pero a partir de ese momento, mi pensar era solo ella, y las dos posibilidades de su respuesta.

A los pocos días me decidí ir a su casa, dos calles y ya estaba. Pero…

Un poco de valor, sabía que partir de ese instante, la señora madre se tornaría en una fiera pues no toleraría que su hija tuviera un novio. La edad, la clase social ( se creía de alcurnia pero un poco rancia), lo feo del muchacho (que viéndolo bien no lo era tanto), etc.

¡Valor y ya!

Esas dos calles fueron como el retorno de los alemanes con los rusos detrás de ellos y la nieve congelando todo a su paso.

Toc, toc, toc. tres veces para que escuchen bien.

Tragando saliva en la espera de que la puerta se abriera y pues si, muy nervioso. Seguramente, a través de algún agujero de la puerta o de la ventana, me observaron y la puerta se abrió hasta que ella, Mercedes, abrió la puerta.

Una luz iluminó la casa, donde la luz siempre era mortecina, y la alegría se metió en mi corazón. El empezó a latir sin medida, que llegué a sentir que se salía de mi pecho. Imaginen como me sentía, la cantidad de pensamientos. Que la señora, que la hermanita (que era muy chismosita) en fin un cruce de océanos desconocidos y con los aborígenes al asecho para atacar.

Fui invitado a pasar, me senté en un sillón de esos de cedro antiguo, de dos plazas (para que ella se pudiera sentar a mi lado), ella lo hizo tal como esperaba y en eso…

—¡Buenas tardes, apareció la señora, ese ogro que a partir de ese momento era mi enemigo mortal!

—Buenas tardes, respondí como pude, tragando mi vergüenza y temor.

¡Que temor, miedo!

Semejante señora no era nada agradable. Sus ojos grandes, mirada inquisidora como si ella fuera el mismísimo Torquemada, las llaves en la mano (siempre las traía y hacia ruido con ellas), en su nervio o desesperación dio un vuelta sobre la mesa del comedor acomodando las sillas, en ese tic o que se yo, que siempre realizaba cuando me encontraba en su casa para ver a su hija.

Al menos fue discreta y de inmediato se retiró al fondo de la vivienda y con un casi, intimo momento, nos quedamos en la sala sin decir palabras y yo, queriendo hablar lo más bajo posible. Que no se escuchara nada pero sabía que lo haría, que espiaría tratando de oír nuestra conversación.

—¿Pues bien, te dio permiso de ser mi novia?

—¡No! —contestó con su voz ronquita Mercedes.

—¿Y tú que has decidido?—volví a inquirir.

—¡Yo si te acepto!

La bomba de Hiroshima, no hizo tal resplandor que para mi tuvo ese momento, no se que más sucedió, no lo recuerdo, tal vez le di un beso, un tímido beso, nuestro primer beso, y con ello sellamos nuestro puber amor y aceptación mutua.

Después conversamos de alguna cosa trivial seguramente, apareció la señora nuevamente, con sus llaves, el pañuelo y volvió a acomodar las sillas del comedor, haciendo ese ruido de golpear las sillas con la mesa levemente.

Llegó el momento de la despedida, sin beso, solo con miradas cómplices de ser novios ilegales (sin permiso) y mi regreso a casa lleno de ilusión y expectativas. Mi primera novia, su rostro hermoso, su delgadez, sus cejas pobladas, sus ojos negros y el cabello al hombro ensortijado.

¡Era mi novia, mi primera novia, su primer novio, nuestro primer beso!

Relato censurado por el grito de Mercedes por lo de su madre.

Continuará…

 

 

 

 

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