Vuelo segundo, sin tropezar

Caía la noche, pasé por ella, la luz interior se apagó y súbitamente la puerta de su casa se abrió, la cortina de la ventana no dejaba ver su mirada anterior, pero, ¿para qué?, su salida fue impresionante.

¿Bella? ¡sí! ¿Sonriente? ¡Si! ¡Para qué más!

En su mirada se veía determinación, algo faltaba, algo que no se vio, que no se hizo y que esta vez sí, se llevaría a cabo.

Su pelo recortado, su tarea realizada en su trabajo, terminó antes para disponer de más tiempo, era necesario.
El recorrido lo hicimos sobre una carreta adornada de bordes de oro, mullida por dentro con cojines de seda, sin ruidos extraños, sin prisas, algo sedientos de amor y de amar, cada instante era para darse un beso, no existían los semáforos, ni autos, en nuestro mundo no existen cosas de siglos por venir, solo el camino de bosque, de magos y brujas, de encantamientos y milagros, de salvaciones y de princesas salvadas, de humedad indeterminada.

La bese, rodeando su cintura frágil y grácil, se mojaron mis labios con los suyos más húmedos que los míos, mordí su labio inferior como presagio de lo que vendría, recorrí su espalda, toqué esa línea invisible que divide cada musculo de la misma, de sus hombros, la noche empezaba a caer, la luna brillaba en su fase final de luna llena, cuando los hombres se vuelven lobos o cuando los lobos se vuelven ángeles, solo sé que comencé a recorrer su camino, que comencé a caminar lentamente por su piel, besando sus manos, besando sus pies, delgados dedos que tocaban mis pies.

Una y otra vez, apreté sus nalgas con mis manos sangrantes de fiebre por hacer más y no saber qué más hacer. La tuve despacio y rápido también.

Sus mulos me hablaron, nombrando mis letras, llamando mi rostro y me adentré hasta el fondo de la lujuria hasta extasiarme, abrazando sus piernas rectas, suaves, terciopeladas, rosas, mías, para mí.
Subí, bajé, sus colinas, pequeños promontorios perfectos, delineados por la naturaleza, ahí en el amanecer, en medio se ve salir el sol, y los bese, con delicadeza matutina, moviendo despacio las olas de su orilla, moviendo además las orillas de su alma amanecida.

Pasó la noche, el día, la tarde, quisimos llevar esto hasta el final, no dejar nada para mañana o pasado, había que descubrir todas la tierras, todos los valles, sus ríos acaramelados del néctar que me llenó y satisfizo.
Cuando amaneció, una ráfaga de aire frío me recordó como el tiempo puede ser nada, en si la vida es un suspiro en la eternidad, sin asentarnos, fuimos interrumpidos por la voz, como irrumpió aquella vez cuando se hizo el estallido de la creación.

Quizá anunciando lo nuevo de esta era, lo nuevo de mi corazón.

¿Has visto como el colibrí succiona de la flor su néctar y perfume?

¡Así siento cuando la veo!

Deseo ser el colibrí, llenándome de su olor, de su sabor, de su aliento y besos sin fin. También como la flor, penetrada invadida, saqueada por ella misma, que se entrega totalmente para darle al colibrí todo para su existencia, corta existencia, llena de colores, para ir por el mundo anunciando la belleza de su amor.

Ahora, quiero siempre volar así, sin tropezar, volar, girar mis alas, revolucionadas, que no se ven, el pico largo, largo como mis ansias de no acabar jamás, de continuar, le debía esta vez. Sé que habrá más. Es interminable.

Es irrepetible. Es ella, es yo. Mi alma se regocija al saberla mía.

Podría escribir cada detalle, pero eso…eso lo dejo a tu imaginación

A.R. Barrios

Veracruz, Ver. 2 de Diciembre del 2015

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