Sino de familia

¡Esta historia no la debo contar!

Me resisto a escribir esto, tengo dudas respecto de la reacción de todos los involucrados. Porque además, es como sino de familia, ligada a eventos dramáticos, de infidelidades, de traición, de murmuración. Pero…

¡Bueno les contaré!

Concepción miraba con nostalgia cómo la tierra se alejaba y detrás del buque en el que iba, la estela de espuma se llevaba sus anhelos y pasiones. A su lado su hija, delgada, pálida y blanca, bella, de ojos claros, su cabello ensortijado, también veía el mar y las olas que poco a poco se hacían más escasas. No tenía idea de hacia donde le llevaría el destino.

En el puerto, se les esperaba. Su familia, mediante telegrama, se había enterado del desafortunado desenlace de su matrimonio con el guapo ganadero del norte del país y que por circunstancias de amor, éste se enteró de su infidelidad o ¿sería enamoramiento? al tener relación con el capataz del rancho donde vivían. Extraño caso de pensamiento abierto cuando en la época se arreglaban los asuntos de honor con un balazo. ¡Uff, se salvaron ambos!

Después de una travesía de un día, al fin llegaron al puerto del Golfo de México, ahí fue recibida por sus hermanos, compungidos, pues no había nada que celebrar. Había sido devuelta con la mancha que deja el deshonor y de ponerle “casco de vikingo” a su marido.

Una nueva vida, un nuevo amanecer. Los días placidos de la costa, el amor de la familia, que aún con sus errores y defectos, permanecía unida y alrededor de ella y su hija. Se reintegró a su actividad de cuidar a su hija y fue todo cuanto hizo. Por cierto, me toco recibir su cariño como bebé que era en ese entonces.

Paso el tiempo y nuevamente la familia estaba de plácemes.

¡Se anunciaba la boda de Tere, la menor de todas las mujeres. El novio, un actor de segundas, pero guapo, muy guapo. Eso decían las mujeres de la familia que conocieron al sujeto.

Tere, pidió permiso a su jefe para ausentarse del trabajo un plazo de tres días, por aquello de la luna de miel. El jefe, al que llamaré Claudio, con seriedad y mal talante le concedió el permiso. Sin embargo, aquí debes saber que Claudio estaba enamorado de su empleada, este español asturiano que llegó con alpargatas y que con el tiempo y disciplina hizo fortuna en esta tierra.

Llegó el día de la boda y comenzó el trabajo de este sino que la familia tenía.

En la sacristía de la parroquia, el cura no salía de su asombro. Miraba, leía, releía y volvía a leer.

-¡Caray, pues entonces no podremos realizar la boda!

Enfrente el documento avalaba el matrimonio de Javier, el guapo de cine, ese era su trabajo, con otra dama, de algún otro lugar, otra ciudad.

La expresión adusta de Matías, amigo de Claudio, era solo para corroborar que el evento no se desarrollaría y que el documento era “cristiamente legal” para evitar la boda de Tere.

Los invitados en el atrio empezaban a llegar, las flores y adornos ya estaban colocados y en la puerta la tía Juanita, una gorda espectacular y chismosa, fue la encargada de expresar a los invitados que la boda ya había ocurrido.

—Pueden pasar a la casa, a la fiesta, el convite y hasta itacate para llevar—Expresaba con convicción la tía. De qué no son capaces aquellos que les gusta el chisme.

Confundidos, los invitados, daban la vuelta y encaminaban sus pasos a dirigirse donde ha la fiesta. Siete, ocho calles.

Al mismo tiempo, Tere en su habitación lloraba a moco tendido, no había pañuelo capaz de cubrir tal engaño. Afuera con la familia, Claudio, indignado, expresaba su pesar de que esto fuera así o asa.

Mariquita, amiga de la familia, diestra en el pase de palabras y corrillos, también ponía atención a todo cuanto sucedía. Listo su expediente abierto para compartir a la menor provocación. Después de lo sucedido a Concepción, este chisme era fantástico de platicar. No le paró la lengua hasta el ultimo día.

Con el tiempo, la resignación y demás, Claudio y Tere, contrajeron nupcias. Una mexicana extraída de la sierra de San Martín y un campesino español emigrado. Casado con la india, con la cual no quiso tener hijos por tal diferencia de razas.

A esto, con los años, habría que agregar otro caso. El del señorito de la familia, un chaparrito guapo, torero, bailarín, cantante, tenor excelente, de lunar en la mejilla y bigote peliculesco de época. Este joven de veintiséis años, en la flor de su lujuria, cierto día, después de una parranda de esas que los bohemios acostumbran ( y él era tal) al observar en la cocina, mira detenidamente una joven de dieciséis años, morena, flaca, de senos prominente, buena pierna y …

—¿Quien eres?—Espetó este galán, sin más preámbulo que su figura, enfrente de una tímida joven, escuálida e inexperta.

—Soy Lidia —tu prima de la sierra—Respondió bajando su rostro.

Pasaron los días, y el joven señorito, así le decía la consentidora bisabuela, continúo su ataque a la plaza, bombardeado aquí, disparando allá. Todo con el fin de agregar más experiencia a su bagaje. Hasta que un buen día…

—¿Que te parece si te invito al cine?—pregunto el mozalbete.

—Bueno, pero la señora…

—No te preocupes, di que vas a un mandado y nos vemos en la esquina.

Por la noche todos lo gatos son pardos, la oscuridad de las escolleras en la playa, olor a sal, el canto de las olas, del cantante. La hermosa morena, de rasgos indígenas, sucumbe a los encantos melifluos de este primo lejano, su avance le hace concebir cuatro hijos, de los cuales soy el segundo y aquí estoy narrando sus historias, historias de mi familia, para reír, para llorar si quieren o para aprender algo de la vida hermosa que los humanos tenemos y que nos obligamos, algunas veces, a sufrir.

¡Vaya familia!

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