Los locos de mi pueblo

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¿No te llama la atención que, en tu ciudad, algunas veces no los ves?

Sin embargo, de repente y sin aviso de por medio:

¡Aparecen!

Uno, dos, tres, cuatro y más. Inexplicable, ¿dónde estaban?

¿Quiénes son?

¿Y su familia?

¿Qué comen?

¿Donde viven?

Y muchas preguntas más, casi todas sin respuesta.

Los así llamados: “locos”

Me llamó tanto la atención, que busqué la definición de locura, o definiciones y encontré que tiene diferentes connotaciones:

“Que es un trastorno patológico de las facultades mentales, o es la falta de prudencia y sensatez en los actos, o es la exaltación del ánimo causado por una persona o cosa que gusta mucho, o es la acción irreflexiva o desatinada, que implica imprudencia o temeridad o bien el  entusiasmo o amor excesivos que siente una persona por alguien o algo”.

Definiciones dadas o hechas por otros locos, para calificar a aquéllos que no se ajustan a lo que ellos mismos, los calificadores, consideran como normal.

En este concepto de locura, caben personajes históricos como Calígula que se consideraba divino, como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras destinadas a los espectáculos, las alimentaba con la carne de los condenados a muerte, arrojándoselos vivos para que los devoraran. Un romano expuesto a las fieras gritó que era inocente. Le hizo sacar de la arena, le cortó la lengua y volvió a mandarle al suplicio.

Otra loca famosa fue la reina de Castilla, Juana, mejor conocida como “Juana La Loca”, quien, a los dieciséis años, fue casada con Felipe “El Hermoso”, quien frecuentaba diversas féminas de su época y ello desencadenó la fiebre de locura de Juana, surgiendo el terrible sentir de los celos, celos rabiosos y fundados, pues Felipito se encargaba notoriamente de llevar una vida licenciosa y sin pudor alguno.

Un claro brote psicótico, con estados de melancolía, llanto, noches sin dormir…

Con la muerte de Felipe, Juana se niega a aceptarlo, hasta el punto de mantener el cuerpo del Hermoso, insepulto, mientras vaga junto al mismo con una comitiva por los campos de Castilla.
Aquí en nuestro país, también tuvimos otra desquiciada imperial, se llamó Carlota (María Amalia Carlota), quien al ver que Napoleón retiró al ejército francés del territorio mexicano, viaja a Francia para pedir el apoyo a su imperio de arena desmoronada y en ese periplo, es aprehendido y fusilado. Con la muerte de Max, se lleva a cabo otro viaje hacia el interior, como vitriol y no regresa jamás. Sus últimos días se le vio caminando por su mansión, acompañada por sus damas de cuidado. Ya entrado el siglo veinte fallece, escuchando repetidamente:

¡Pobre Carlota!

¡Pobre Carlota!

Y pensar que no conocía la seta teyhuinti.

Otro famoso de la historia es Frederick Nietzsche, su padre también murió loco, se le diagnosticó “reblandecimiento cerebral”, extraña forma de llamarle a algo que viene de otro mundo y que no sabemos explicar. Después de todo, los males del cerebro son difíciles de conocer.

Nietzsche, de carácter solitario, con sífilis, sufre las soledades hasta que la enfermedad se desató el día que abrazado a un caballo no paró de llorar y desde ese instante no volvió a recobrar el juicio nunca más. La extraña sensación de ver hacia el otro lado y no poder regresar cuando uno quiere.

Otro personaje es Vincent Van Gogh, uno de los más grandes maestros de la pintura y genio loco. Gauguin pintaba un retrato de Vincent y éste al contemplarlo, dice: “Soy yo, desde luego, pero yo loco”.

Sin duda que Hitler (otro orate más) tenía una tremenda capacidad oratoria (viene de orate). El supo expresarle a la gente lo que deseaba oír y así obtuvo el poder de Alemania hasta llevarla a una guerra gigante y sin moral. Sus delirios de grandeza, sus prepotencias le llevaron a iniciar esta guerra. Síntomas inequívocos de un esquizofrénico, psicótico asesino.

Los locos de alguna manera, poseen esa capacidad del verbo, que puede resultar creador o destructivo, con facilidad para la palabra, amén de su velocidad en la salida de su voz.

Por algo después del silencio vino la voz y se hizo así mismo.

De estos locos, psicópatas, ha habido muchos en la historia, a éstos sí les llamo locos o mejor aún orates psicópatas, su característica es siempre agresiva, ególatra, sin sentimiento de culpa, obsesiva, la sangre es el mejor ánimo y su elixir de vida. Algunos son capaces de robar niños para cada ritual ofrecer la sangre de la inocencia desbordada por un puñal.

Así, en cualquier parte, en cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ellos existen. Yo los observo, casi desde que tengo memoria.

Ahora en especial, los de mi pueblo, porque mi pueblo no ha crecido, todos nos conocemos y sabemos de todas las familias, su origen.

Cuando pequeño había una señora, la llamábamos La Novia, que su pelo era enmarañado, como nido de calandria guardando sus polluelos de un amor que no fue.

Unos decían que conservaba su pelo así, porque había sufrido una decepción amorosa, que se iba a casar y el día de la boda el novio no llegó a la ceremonia. Otros dicen, que alguien avisó al cura de la iglesia, que el novio era casado y eso impedía la boda.

Los invitados asombrados, tuvieron que dejar la iglesia, ahí alguien de su familia, esperó para avisar que la boda ya había ocurrido, sin poder ir a la fiesta, que al parecer sería con gran boato, derroche de manjares y música hasta amanecer.

Platican, los que lo vieron, que la casa estaba llena de regalos, mismos que fueron devueltos, que las viandas estaban listas para servirse, que algunos de los invitados, de ésos que no van a la iglesia y que prefieren adelantarse al festejo para apartar lugar, tuvieron que ser amablemente atendidos fingiendo que la boda se había realizado por la mañana y los novios ya se habían marchado. Pero La Novia, estaba encerrada en su habitación llorando y viendo lo hermoso de su peinado. Ella esperaba la llegada de su hombre.

Con el tiempo, se le vio caminado, recogiendo flores silvestres, entre las sombras de las casuarinas y los almendros, como buscando alguien sentado a su lado en alguna banca del paseo, unas veces volteaba y observaba la cara de los hombres y al comprobar que no era él, se volteaba hacia el cielo como pidiendo ayuda y continuaba su camino y su silencio interior. Callada vino, callada se fue.Carlota de mayor... supuestamente la señora de el centro

Cruzaba las Avenidas y las calles de la parte cercana al mar o bien por las avenidas donde pasaba el tranvía de la ciudad, siempre conversando animadamente con ella misma, escuchando voces que solo ella oía. Los niños, como yo, al pasar a su lado, la miraban, unos con miedo y corrían y otros con curiosidad, abriendo desmesuradamente sus ojos esperando el momento de correr cuando la novia se dispusiera a llevárselos.

Algunos médicos de hoy, dirán que era un comportamiento maníaco depresivo, pues sus vestimentas eran sucias y descuidadas, lo bueno fue, que no se necesitó un galeno para dictaminar la locura y así despojarla de sus bienes del reino, como en la antigüedad se estilaba. O bien, inventar algún viaje donde el gobernante sufriera un accidente, generalmente mortal y así desaparecer esa vergüenza en la persona del que gobierna.

¡Y su peinado seguía sin cambiar!

Así se fue desvaneciendo entre la memoria de la gente, de este pueblo que sufre de locura ambiental.

La canción, al estilo de la época, como aquella que describe Serrat, en Penélope, manteniendo la esperanza de recibir en sus brazos al amado.

El amado que después de muchos años vuelve y que, en su cerebro distraído y escondido, su rostro se ha perdido. Sola esperando en un banco en el andén… y sigue.

La locura, un tema dejado de lado, que avergüenza a la sociedad, se les esconde, se les insulta, se les corre, se les tiene compasión. Creemos que ellos están mal, que no deben acercarse a uno. Los Gobiernos,  como queriendo pagar su culpa, construyen grandes edificios, con un letrero que anuncia el nuevo “Centro de atención hospitalaria para enfermos mentales”, con salas de espera relucientes, ventanas con protecciones de hierro anti fugas, bocinas y jardines extensos con bancas vacías, enfermeras que entran y salen, espacios pintados de blanco y que algún gobernante de turno, corta el listón para inaugurar su apertura, buscando de reojo al contratista para saludarlo y recordarle que la locura es una cosa aparte y el reparto de la dádiva es otro: “¡En mi oficina nos vemos!”

Con el tiempo, los años, las salas van quedando abandonadas, los locos se escapan, porque curiosamente las puertas siempre están abiertas.  Además, ellos saben qué es la libertad.

Nadie ha escuchado jamás:

– ¡Un loco se escapó!

Hasta que el Hospital se queda vacío, telarañas en los rincones, camas desvencijadas e hierros oxidados por falta de pintura y solo con las voces de ellos rebotando en las paredes.

Huelen mal, no se bañan, la misma ropa, el calzado desaseado o roto, eso a ellos no les importa. Van por la ciudad, que por cierto, puede ser la mía, la tuya, puede ser tu país o tu planeta, donde quiera que te halles, ahí también existen, ahí los encuentras, son de temporada o bien permanentes.

Son colectores, coleccionan latas, botes, bolsas de plástico, tubos, son sus enormes tesoros y no les gusta perderles de vista, se colocan en un rincón y desde ahí ven el mundo. Caminan, son buenos caminantes, los ves al Norte de la ciudad o en el Sur, o también vienen del Oriente sin la guía de una estrella o se dirigen al Poniente tal vez buscando algún consejo, son ajenos a la violencia, pasan inmaculados de pensamiento y acción.

¿No te has fijado cómo ellos no conjugan todos los verbos?

Su verbo principal es, Ser o Estar, como clase de inglés. Solo llevan con ellos el “Soy” y ni siquiera presumen de ello, su amor por todo, se restringe a una esfera pequeña, que es su mente o bien a un mundo, que es su forma de existir o de ser. A veces pierden el soy, lo buscan entre sus bolsas, las latas o su zapato. Sacan su pie y lo observan brillante de mugre, y eso no es mugre para ellos, son huellas del camino, experiencia arrastrada paso a paso.

No poseen los otros dos verbos en su léxico, Hacer y Tener. Ellos no hacen, ni tienen, no conocen tales palabras.

Ellos no hacen, pues no tienen nada qué hacer, no se atormentan con el hacer, sus tareas no tienen principio ni fin, trabajan incesantemente (y no tienen tarjeta), en algún palo al que van dando forma, forma imaginada en su cerebro diferente, le dan color, lo templan si es necesario, al final lo observan como si fuera una obra de arte y lo colocan a su lado.

¡Obra terminada!

Para nosotros los que nos creemos normales, el palo sigue siendo el mismo, no cambió en color ni nada, para ellos el arco iris vació sus colores sobre su espada, se forjó en el fuego de la pureza y la enfundaron en piel curtida, adornada con herrajes de plata y oro, como corresponde a un Rey venido de las tierras de la ilusión.

Nadie les paga, ni les exige tarjeta de crédito o bien la exhibición de un billete al portador, invento social para intercambiar recursos que algunas veces no te sirven de nada. Algunos saben o intuyen, que necesitan dinero para obtener comida, algún antojo de cuando eran lúcidos. Y aquí habría que preguntar ¿qué es la lucidez? O ¿Quiénes son los lúcidos?

Su salario, no es de esclavitud, no sienten el ansia de ganar o tener dinero, son quizá como San Francisco de Asís, cuando dice que es tan poco lo que necesita que a veces necesita poco lo que necesita. Ellos son así.

No sufren de estrés, ni tienen prisa por llegar a ninguna parte, su cara es enigmática y su rostro sin lavar no nos dice nada, yo deduzco que no desean hablar con nosotros, los que los tratamos mal.

Caminan balanceando los brazos rítmicamente, pasan junto a ti y se meten en su cápsula, para ellos no existes, su mundo es de otra dimensión, es posible que cuando los dejas de ver se deslizan por un portal abierto sin vigilantes, por el espejo de Alicia en el País de la Maravillas o bien por el piso ajedrezado de alguna catedral.

Tampoco tienen, ellos solo poseen lo que llevan consigo, latas de cerveza o de alguna soda, botes de plástico, de la era de la estupidez porque pensamos que eso es ser civilizado y moderno, nos ayudan a limpiar la superficie del planeta o de la ciudad y no piden a cambio nada.

Mi amiga llamada Gordita, es una amiga de mi barrio, prefiero llamarle amiga en vez de loca, y de la misma forma trataré a los siguientes que aquí conocerás, pues son amigos buenos, decentes, algunas veces groseros, es su mecanismo de defensa.

Pues bien, Gordita, gusta de comer, que digo comer, degustar pues ella es un gourmet, su sobrepeso es evidente, no te mira, creo tiene sus ojos verdes o ¿serán marrones?, camina con prisa cada vez que va de compras para adquirir ese delicatessen que son las carnitas del barrio. Espera que Arturo el carnicero, voltee y le pregunte:

– ¿Cuánto quieres de carnitas?

En su modo suave y amable que tiene el carnicero. Explícito y abundante de palabras. Si y No, son el resto de su vocabulario.

Gordita, solo mueve su cabeza afirmativamente, toma el billete entre sus dedos y se lo muestra a Arturo, quien presto toma una bolsa de plástico de la era de la estupidez, introduce unos trozos de carne, cierra la bolsa y le entrega la misma a Gordita, quien le extiende el billete, con la sapiencia de que con ese papel logra la comida que tanto le gusta.

Se da vuelta inmediatamente y encamina sus pasos hacia fuera del local, camina con pasos largos y en su mente lleva la canción que acompasa el ritmo de sus brazos, los balancea sin parar, los extiende lo más posible y del mismo tamaño son sus pasos.

Durante un tiempo, dejé de verla, un mes, dos, tres, no lo sé.

El tiempo para Gordita no existe, y como si regresara a su mundo dimensional, desaparece, nadie pregunta por ella. Quizá Arturo sabe de su destino, pues últimamente no ha recibido el billete que Gordita le lleva.

Hace unos días, la volví a ver. Ahora con menos peso, tal parece que se sometió a una liposucción o una dieta rigurosa, la de la luna, la de la papaya, la de los 3 días, ¡qué importa!

Nadie sabe donde estuvo, se le ve ligera, camina igual con sus pasos alargados y balanceando sus brazos. Y en su mente la misma canción le acompaña como cada vez que se le ve subir y bajar las calles empinadas, las únicas empinadas, de esta mi plana ciudad. Ella es representante, aún sigue aquí, de aquellos que ya se fueron, que no murieron, pues ellos no mueren, solo desaparecen, se van sin avisar. Es posible que pienses que ya se fueron y algún día los veas aparecer en una esquina, cargando nuevas bolsas y cacharros para su colección.

Gordita, tiene un hermano dimensional, se llama: El Arquitecto.

El se fue, un buen día el sitio donde solía sentarse, estaba vacío, tan vacío que, hasta su huella, su olor y su sombra se llevó. No dejó latas, ni botes, ni maleta, ni la nada dejó.

El Arquitecto dicen, estaba casado y que su mujer lo abandonó por otro, otros dicen que sufrió la pérdida de un ser querido, en fin lo que haya sido, desencadenó el que se desquiciara de la realidad, ésta realidad que desquiciada esta frente a nuestros ojos y ni siquiera nos percatamos de ello.NORICO

Siempre sentado en su banqueta, dibujando, haciendo trazos rectos perfectos, de donde él vino está la perfección, simplemente trazos, una y otra vez.

Dicen, quienes se atrevían a conversar con él, que también enseñaba matemáticas y presto estaba a responder a los que le hacían alguna cuestión.

Los ricos de la ciudad sabían un poco más de El Arquitecto, pues algunas veces les vi bajarse del auto y darle algunos billetes, quizá le conocían de cuando eran jóvenes y su mente estaba prisionera aún en este mundo real, que tiene mucho de irreal, hasta que un buen día se bajó del mundo y ya no quiso subirse nuevamente.

Decidió permanecer al lado del camino, sentado en la avenida principal de la ciudad y convertirse en un observador del ir y venir de la gente, con rumbo a ninguna parte, con prisa de llegar a ningún lado, preocupada por enormes deudas o deudas sin fin, clásico síntoma de esclavitud moderna: trabajas, pagas, trabajas, pagas, trabajas, pagas.

¿Quién sabe de qué lado está la locura?

El Arquitecto, bajo de estatura, su pelo blanco y escaso en la corona de su cabeza, llamémosle gordito de complexión, siempre con un saco que tal vez, perteneció a un traje usado en la última gala terrenal y que ahora le sirve de abrigo únicamente, aunque no sabe si es primavera, verano o invierno, solo lo usa, es parte de su elegancia al vestir, no importa lo sucio o las manchas, las arrugas o si la línea del planchado ya se borró. Su etiqueta nos vino a enseñar que, para ser fino, no es necesario el dinero ni estar bañado, ni tener las uñas limpias. Sus amigas las bacterias, también lo respetaban.

A menudo, se le ve hoy, del otro lado del muro, trazando arquitrabes y columnas dóricas, griegas y romanas, haciendo curvas de la bóveda celeste, donde ellos habitan ahora, con su amigo Estanislao charlando.

Estanislao, hombre fuerte de piel muy oscura, los que se piensan diferentes le llaman negro, de dientes blancos como la nieve, de fácil exposición a la menor provocación, de buena estatura, como 1.80 metros.

Aquí, en este plano, solía llevar un tubo cédula cuarenta galvanizados, como de dos brazos extendidos de largo, con el tubo, entonaba canciones a manera de trompeta, lo hacía muy bien. La gente de los barrios por donde pasaba le pedía una melodía y él con su sonrisa a flor de labios, asentía, complacía, y la gente se alegraba al escuchar este hombre sinfónica, que no orquesta, pues sus sonidos tenían todos los instrumentos y su preferido era un oboe, que según nuestra cuerda visión, era un tubo y que emitía sonidos venidos desde su hermoso cerebro convertido en papel pautado.

Cariñosamente, le llamaban Tane, su misión era llevarnos a los brazos de los siete niveles sonoros, distinguir al Do y al Sol, sin tener llave, después de todo, vivió cercano a los ángeles que cantan los coros celestiales.TANISLAO

Nadie se obligaba con Tane y él con nadie hacía una isla, suya fue esta tierra calurosa y con ventiscas de arena, caminaba por avenidas y así también un día se fue con su música, no la llevó toda con él, nos dejó algunos ecos que se escuchan todavía en mi cerebro desde niño. Por las noches de fin de año, con el viento del Norte, me parece escuchar el ulular de su oboe. Uuuuuuuu, suena suavemente. Con los sonidos llegaron las letras, y su hermano Leyton las traía en su mochila.

Había un poeta, de esos que nunca son conocidos, su nombre: Roberto Leyton, en una calle cualquiera, no recuerdo cuál, su rasgo distintivo era escribir, hacía letras mayúsculas y minúsculas, la letra bailaba al compás de su mano, su cadencia le hacía mover las caderas a las sílabas y él vivía para hacerlas bailar.

Le decían sólo Leyton, escribía y leía, en cantidades fuera de lo común, su mundo giraba en un universo de letras, leía por las tardes, por las noches, al amanecer, a cada momento se le veía acariciar las letras y ellas a su vez, le devolvían besos de versos. Las paredes de su cuarto estaban repletas de libros, sobre mesas, sobre estantes, en el escritorio, en el piso, sobre la silla, estaban en aparente desorden, pero él sabía donde encontrar cada uno de sus hijos.

Su cara morena, de playa, de mar, su pelo ensortijado , mezcla de razas negra y criolla, jugaba muy bien el basquetbol, fue buen estudiante, en su corazón la palabra se hizo grande y los momentos a solas crecieron. El silencio se hizo su amigo, le abrazó, igual que los libros, igual que las letras, enseñó poemas de Díaz Mirón, de Amado Nervo y Juan de Dios Peza.

De este último le heredó a un cantante de voz de tenor, el gusto de sus poemas, tanto que más tarde leía poemas acompañando las canciones. Leyton, no era muy conocido, sin embargo, su paso por la tierra dejó a los que lo vimos, la idea de leer, de disfrutar la letra, que viene después de la voz y ésta es poderosa, construye y destruye. Y en su caso le hizo un templo, templo que más tarde un accidente se lo llevó. Te recuerdo amigo, jugué contigo basquetbol y me quedaron tus palabras de amigo y trato educado.

A la hora de comer, le decía a su madre:

– ¡Mamá, a esta sopa de letras le falta algo!

Su madre, que sabía el genio que vivía dentro de su hijo, le decía:

– ¿Qué le falta: tomate, ajo, pollo?

Y él contestaba:

-No madre, le faltan las letras eñe, doble erre, doble ele, el acento, la homofonía de las palabras, las diéresis, ¡esta sopa no es de letras en español, es en inglés!

Siempre de buen humor y ligado a las letras, eran sus íntimas amigas, con ellas se acostaba y tenía sus orgasmos extenuantes hasta altas horas de la madrugada.

Dentro de sus escritos, que su familia encontró al buscar entre sus pertenencias, encontraron éste, escrito a una persona amada por él, quizá motivo de su desquicio y que aquí con el permiso de ellos transcribo:

Corazón pulpa de papel

Si tuviera el valor inmediato, te arrancaría de mi pensamiento,

en jirones o pedazos,

te sacaría como escoba rígida,

barriendo los ásperos polvos o las grandes piedras,

sin contemplaciones.

Si tuviera el corazón tan suave como pulpa de papel,

sólo pedazos alcanzarías a ver,

las notas negras de la tinta en los periódicos,

las notas rojas, sin interés,

mi corazón marchito como papel arrugado,

ahora no sabe que hacer.

Si tuviera la vista ciega, nada vería tras de ti,

nada en lontananza alcanzarías a observar,

mis ojos cansinos, rojos de tanto llorar, nada pueden hacer,

disminuido visual, ojos marchitos pues, ya no tienen tu camino.

Si pudiera alcanzarte con mis manos,

en la noche sería abrazado a ti,

pero a la vida se le olvidó que los hombres amamos demasiado,

que los hombres buscamos amor y encontramos confusión.

Qué falta de valor no haber tomado tu destino,

compartirlo, ser fuente de tu arrullo

o bien con mis pasos sonando hacia los tuyos.

Por fin la voz se fue, sólo el silencio me acompaña,

mañana podré ver las flores, el sol y el canto de las aves, ya sin tí,

sin buscarte, ni necesitarte,

después de todo nací solo, no soy gemelo de nadie,

soy un alma que busca, sin entorpecer el camino.

Ve, que después de todo mi corazón de pulpa de papel,

se mezclará con agua, adoptará nueva forma,

para así poder ser entregado a otra, nuevamente.

Si no es mañana, será hoy, sino es hoy, quizá en la próxima vida, después de todo, contigo, luces de todo tipo compartí,

mi amor se fundió contigo y quedará la energía que te dí.

Mis besos son siempre para ti. Adiós Leyton

Cuando Leyton emprendió el camino tocó la mano de ella, le dijo en su toque, que era su hermana y que su tarea estaba bien realizada. Ella se escapaba de su familia, unos dicen que era de Córdoba, otros de aquí.

¿Cómo saber?

¿Su nombre?

¡Perlita!

Perlita, pequeña de estatura, llevaba sus mejillas coloreadas con rubor, sus labios estampados de carmín, en las muñecas de sus brazos tenía pulseras de oro figurado, eso no importa, después de todo los oros los guardan los Rothschild, que son banqueros “genoveses” por cientos de años.

Perlita, gustaba de bailar, la música penetraba en sus oídos y a su vez, por su interior, le hacía vibrar moviendo sus células o quizá un mecanismo de resorte acompasado, o bien las notas en un libro pautado que en su corazón llevaba.

La gente le obsequiaba monedas, aunque dicen que venía de una familia acomodada, sus piernas flacas como hilos, eran tan fuertes que bailaba por horas, su pañoleta en la cabeza, bien amarrada, de color rojo, en el pelo una gran flor y su falda llena de flores, no estampadas, eran flores reales para ella, en cada giro se desprendían de su orla y despedía olores de gardenia, como de su tierra.

Gustaba de bailar, le gustaba la rumba, la salsa, el danzón y en todos los ritmos era una experta, para sus adentros ella era una maestra de baile, rodeada de sus chambelanes o aprendices a quienes instruía los pasos de una excelente guaracha. Al final, mediante un leve gesto y un abrupto giro los dejaba parados, ahí mismo donde los encontró. En la siguiente canción, los volvía a aparecer, siempre estaban a su disposición.

Perlita, como todos, vivió y bailó entre nosotros, pertenecía al espacio reservado a ellos, los que se nos hacen diferentes, no cuerdos, pero no egoístas, no ambiciosos, no malvados, llenos de amor conectados con la inteligencia infinita e inspirados por El en cada momento.

Sus manos delicadas, subían y bajaban, al ritmo de la música, de una orquesta imaginaria, con músicos que le dedicaban sólo a ella las piezas musicales. Se le vio, la última vez, bailando por un callejón de la ciudad, de esos sin gente, limpio, adoquinado y lleno de sonidos, después de todo, ella llevaba los sonidos para bailar.

Quienes volteaban al callejón, la vieron a lo lejos como entrando en una puerta, entablerada, fuerte y robusta, pero esta puerta tenía un brillo especial, era su puerta dimensional, la puerta de su mundo, donde nosotros ni siquiera alcanzamos a entender cómo es que se abren.

Así, despacio, suave, en una rumba silenciosa, Perlita se marchó bailando. Hoy la gente se pregunta:

¿Y Perlita, no la has visto?1175252_707291669297454_253138005_n

Caminando al lado de Perlita, él pasaba indiferente, era un Marqués o bien un político de altos vuelos, se daba a respetar.

Sentado el tipo era controversial, discutía, hablaba diversos tópicos, siempre con autoridad, su puro en la boca, su puro en la mano y las volutas de humo subiendo e incomodando a los de la mesa del lado.

Hablaba de fútbol, conocía al dueño del equipo, a los jugadores, al masajista, al entrenador, él le daba consejos, sabía de tácticas defensivas y tiros cruzados, pases filtrados y toda la jerigonza disponible del fútbol.

De repente, giraba su conversación hacia las mujeres, se hacía el interesante, las sacaba a bailar, tenía muchas novias y todas querían con él. Platicaba de las pretensiones de Luisa, María, Lupita, las de su calle. Su aire de suficiencia, era más que suficiente.

En política, era un experto, creo que tenía madera para diputado o gobernador, su espíritu fingía ser corrupto, parecía dispuesto para la tranza o el negocio extra, la untada de mano y la manipulación de las masas, algunas veces mentía como tal. Al final guiñaba un ojo, como pidiéndote complicidad sobre lo que expresaba.

Un poco alto, un poco gordo, más bien flaco al final.

Supo hacer amigos, cualquier persona podía sostener una plática con él y así tenía un amigo más.

¿Sabes como se llamaba?

¡No lo sé!

Todos lo conocían como Topeiro Cachucheiro.

¿Sus apellidos?

¡No los sé!

¿Dónde vivía?

¡Tampoco lo sé!

Unos expresan que su modo de vida eran las rentas que percibía de una herencia que su madre le dejó, quizá por eso diario estaba en el café, ése que tiene más de cien años y donde los meseros no te hacen caso y desde cierta altura rellenan el vaso con la leche.

En algunas ocasiones, ya por la noche, cuando el café cierra a las dos de la mañana, se escuchan los leves golpes sobre los vasos, en la mesa, sin vasos, donde el Topeiro siempre se sentaba.

Un buen día, también desapareció, unos dicen que fue una enfermedad progresiva y mortal, otros dicen que fue diabetes, sin embargo, su cortesía era extrema, al cruzarte con él le saludabas y él correspondía inclinando levemente la cerviz.

Del otro lado, en la dimensión desconocida bajo la verdad del yo.

¿Hay alguien que sepa que hay del otro lado?

Se les ve platicando animadamente, Topeiro siempre observando a todos, Tanislao tocando su música de Oboe haciendo bailar a Perlita, mi amigo Leyton deseando llamar la atención de Topeiro leyéndole un poema, la Novia, volteando para cualquier parte todavía buscando al novio que nunca llegó, cuidando que su peinado siga intacto y en una banca, como distraído nuestro hermano El Arquitecto, trazando ideas que quisiera compartir, así todos los días se les ve.

Y el Grande los observa integrados a El, formando así la conciencia universal.

Aunque hay que aclarar algo:

¿Me puede decir alguien cuánto es un día para los que están del otro lado?

Existen más, existieron muchos, son como ángeles enviados del otro lado del espejo, no quiero omitir a nadie. Mi pueblo, mi barrio, los extraña, me hace sentir desamparado su ausencia; eran mis amigos, se fueron y nadie sabe por donde, ni cuando, solo desaparecieron un buen día. Si tú notaste su presencia, quizá unas lecciones te vinieron a dar.

Es posible, si vuelven, no reconozcan la ciudad, las calles han cambiado, el rincón donde dormían ya no existe, su sombra ya no entraría donde antes entraba, su música se ha perdido.

Me acuerdo de ellos, en su estado, me parece que su demencia no es únicamente de ellos, poco a poco vamos siendo transformados, cambiados, no lo notamos, nos comportamos como ellos, llevamos audífonos y nos aislamos sin escuchar a los demás, conversamos a solas en las paradas de camiones, en el auto, movemos las manos como ellos, nos falta bajarnos del mundo, nos falta renunciar al ego, nos falta no querer ser más que mi vecino, no sentirnos los mejores del planeta, llevar cualquier ropa, sin importar la marca, ayudar a los demás solo por ayudar, sin esperar recompensa, dejar de querer tener o de hacer para tener.

Dime, ¿qué es la locura?

Cuando vemos que los cuerdos, lanzan bombas inteligentes, bombas que seleccionan el objetivo y al caer explotan en centros urbanos, donde los seleccionados son niños, mujeres, ancianos y no soldados contra los que hubiera de luchar. ¿Dónde están los locos?

¿Cuales son los locos?

Cuando vemos, que se inventan miles de formas de exterminio de la especie humana, bombas atómicas, conflictos creados, revolucionarios del medio oriente que luchan por su democracia, subsidiada por la CIA y la OTAN. Nadie puede ser revolucionario si recibe ayuda de estos locos sicóticos asesinos.

¿No es una locura el exterminio de humanos?

De cualquier forma, que sea, los niños africanos con sus estómagos vacíos, cráneos de venas saltadas, boca reseca de agua, ojos saltones de desnutrición. Indígenas sin empleo, migración esclavizante y peligrosa, no hay escapatoria, o esclavitud o muerte, como si fueran los tiempos de los esclavistas de Alabama o el Mississippi, indignados en la principales calles del mundo, con violencia en sus rostros, gritos que insultan y nunca serán escuchados, pobreza extrema en Asia y América Latina, sin opción de futuro, rapacidad de los que gobiernan, cómplices de los que deciden, llámese del escudo rojo o compañero de la roca o Capéto, que importa, los reptiles como se llamen, ellos son iguales.

¿Quién es el loco?

¿Donde está la locura?

Cuando vemos los países gritar y sufrir por dinero, como si fuera el mesías, como si la máxima fuera “In Gold We Trust”, se reparten números que simbolizan dinero, entre los ricos endeudan los gobiernos a sus países y trasladan esta miseria hacia la gente incrementando los pobres del planeta.

¿Dónde?

¡Despierta imbécil!

Olvida: “¡es caro, pero creo que lo valgo!” o “¡viaje ahora y pague después!”, prescindir de los adornos, de las falsas posturas, pero bueno, eso es lo que yo creo. El ego nos hace competitivos y de ahí descendemos a la vanidad, a necesitar cosas que nunca te darán felicidad.

Me veo frente al espejo, uso las mismas ropas, me baño casi todos los días, pero cuando no me baño, me convierto en loco, soy loco del amor, amo a mis amigos, amo a mis hermanos, a mis hijos, a mi esposa, a mi padre que se llevó su canto y dejo vacío el auditorio de mis escuchas, veo que soy imprudente cuando hablo, expreso las cosas como las pienso y luego soy impropiamente incorrecto, algunas personas se desconciertan con lo que digo, lo toman personal y se enfadan conmigo, no soy sensato, dejo que mis impulsos disfruten lo que hago, sudo en exceso o como dice mi hijo “hiperhidrosis”, camino aceleradamente solo por llegar, me meto al agua sin nadar o me tiro en el sofá sin pensar en nada, cuando bailo, lo hago brincando, la música exalta mi ánimo y todos voltean a verme, aunque ellos también bailan, lo hacen estirados, almidonados, tiesos, sin sonreír.

¡Ni siquiera sé bailar!

Otras veces soy irreflexivo, respondo a la primera o actúo por impulso, sin pensar, desatinado o temerario, en fin, las letras se me atascan, creo, creo que también estoy loco.

Ya no deseo ver este planeta así como le veo, añoro el hogar de mi Padre, no quiero trabajar, no me hace falta el dinero, ni bañarme, amo todo, los colores, el canto de las aves, el movimiento de las ramas de los árboles por el viento, amo el sol que me calienta en exceso y veo todas las noches las estrellas, amo las montañas y a mi amigo el pinus que se balancea e inclina cada vez que paso junto a él, llenar mis zapatos de polvo que se mete hasta mi nariz, donde por las noches meto el dedo en mis fosas nasales y saco un moco de esos duros para lanzarlo a la cara de cualquiera de mis amigos. Y a la mañana siguiente, salir corriendo hacia donde sale el sol, para sentir sus rayos calentar mi piel, dirigirme al estanque y darme un baño vaquero, de axilas, cara, pelo y mis vergüenzas, para luego expresar:

– ¡ta madre, pinche agua está helada!

Respeto al mar y su fuerza infinita, su ir y venir, la espuma rabiosa de Diciembre y la espuma suave de la primavera, me fascinan los animales y su diversidad, la cola de los perros cuando muestran su alegría o cuando comparan su altura con la de otro, cansado por las noches caigo rendido a los pies de mis amadas, mi mujer y la almohada, para después de 4 o 5 horas despertar, en el silencio de la madrugada, sólo escucho los motores a lo lejos, los grillos de la noche, los perros ladrar y el llamado de las salamanquesas, reptiles que observan tus ojos para hacer su próximo movimiento.

Le rezo al Creador por mi siguiente vida, le pido ser cometa para viajar por todos los rincones de su universo y comprobar así que hay vida en las demás esferas, ser como el  “Shoemaker-Leavy” que impactó al gigante Júpiter, para que dentro de miles de años alguien se pregunte:

– ¿Habrá vida en esa esfera azul?

Torcidas rutas como cadena de ADN o miro por la ventana y les grito a los extraterrestres: ¡Maricones!

Hay tantas interrogaciones y no creo que estemos solos en medio de la nada, solos habitando esta pelota de lodo colgada de un rayo de luz en medio de la nada.

Estoy loco porque cumplo con todas las acepciones de la definición y me bajo del planeta.

¿Tú, cuándo te bajas?

FIN

A.R.Barrios

Veracruz, Ver. Año 2007

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