La Canción de Mercedes

Es de noche ya, hemos cruzado la medianoche, yo en el ordenador continúo escribiendo, las letras me persiguen y atrapan, volteo al ver su pequeña lámpara sobre el buró y veo que está encendida, no me había percatado de ello, su cuerpo cubierto por la colcha y cobertor, hace un poco de frío, nuestra tierra no se distingue por ser fría, por el contrario es bastante caliente.

Sobresalen sus caderas, su respiración acompasada, sus cabello negros unos, blancos otros, despeinada, su lindo rostro con pecas, cejas graves, ojos lindos, cansados, frente amplia, todo lo contemplo.

Pienso: « ¡Voy a terminar y apagar su lámpara! »

Me sobrecoge un sentimiento de culpa, de amor, de querer abrazarla y decirle cuánto lo siento, cuánto he fallado, en esto prefiero mis letras y expresar desde ahora, mis lamentos, la canción que mi alma tiene, la canción que ella me da y que he guardado por años, no hay travesura en ello, hay error e inmenso, hay fallas tremendas de mi parte, una reflexión durísima me llega, no voy a inmolarme, pero sí voy a reconocer que mi alma canta por ella, que estoy bien por ella, que ella me apoya aún con todo y que sin ella, ya no tendría canción.

Por ésto hoy, hoy escribo la canción de Mercedes.

Hacer las cosas por última vez, cosas a las que nunca les pones atención, entrar en la monotonía de hacerlas sin reparar en nada, como autómata, como robot o zombi, siempre alejado de la esencia de las cosas y de la naturaleza, del amor.

Pero esta vez puse atención…

Noviembre de 1970

Quiero que vengas conmigo al cumpleaños de la hija de una amiga, son unos quince años y deseo me acompañes—dijo con firmeza mi tía. La tía Tere.

De una vez te diré, la tía Tere era hermana de mi abuelo, entonces era mi tía abuela, en un arranque de valentía, desesperación y luz, le pedí vivir con ella, nadie intervino a mi favor, nadie me sugirió que lo hiciera, solo me acerque a ella un día gris de esos tantos que tuve cuando niño y joven, que por ignorancia y desesperación también, mi madre me proporcionaba.WP_20170713_004

Mi padre colaboraba indirectamente con ello, debido a los continuos pleitos con mi madre y su irresponsabilidad al no proveer los recursos pecuniarios para el sostén, de sus cuatro hijos y donde yo, sí yo, era un niño muy inquieto, diferente, inventor, atrevido, muy agredido y con diversos problemas en mi cabeza que necesitaban ayuda y solución.

Así fue como llegué con mi tía, ni mi madre, ni mi padre, ni mi abuelo intervinieron en eso.

Considero justo especificarlo, quizá alguien piense que hubo una confabulación y mi tía tuvo que aceptar a este chiquillo tan problemático.

Pues bien, continuando con nuestra historia, mi historia, mi canción.

Llegó el día anunciado de la fiesta de quince años de la niña, de la joven, de la hija de la amiga de la tía.

Me bañé como siempre que iba a un evento, mis diecisiete años me rebotaban en el cerebro, la pubertad me explotaba con algunas espinillas en la cara. Tal vez me puse algún pantalón de esos vaqueros de marca “Topeka”, alguna camisa de manga larga a cuadros o rayas, me gustaban, el tiempo era clemente, los vientos llamados nortes comenzaban a soplar, haciendo que el clima de la ciudad fuera más benigno, era noviembre comienzos, y seguro fue un sábado por la tarde.

Caminamos dos calles, vivían muy cerca de la casa de la tía, muy austera su vivienda, ignoraba los apremios económicos de esta familia e ignoraba muchas cosas más.

Tocamos a la puerta y esta se abrió, pesada puerta de cedro, con muchas capas de pintura encima, la antigüedad de la casa era evidente y de la puerta también. Pasamos a la vivienda y unos cuantos jóvenes de edades similares ya se encontraban ahí, también algunas señoras amistades de la madre de ella, la luz mortecina iluminaba la sala de esta casa, no muy grande, espacio de cuatro por cinco metros, paredes bien pintadas, ventana de esas antiguas que llegaban hasta las rodillas, barrotes de madera torneados y piso de pasta de colores, muy de la época de los años cincuenta.

— ¡Pásenle! ¡Siéntense!— ofreció la madre de la quinceañera.

Ahí, en unos sillones de madera, de esos antiguos, también, modestos, tejidos de mimbre, al fin nos sentamos.

Por mi mente no pasaba absolutamente nada, sólo un poco de impaciencia al asistir a un evento de los que normalmente no asisto y que no eran amistades o amigos míos los que ahí se encontraban.

De momento, el tiempo se ralentizó, las cortinas que dividían la sala de las habitaciones, no había puerta, se empezaron a separar, como si se tratara de un teatro donde las cortinas empiezan a subir para la salida de la estrella principal, vi aparecer una mano, que sostenía la cortina, después levanté un poco mi cabeza para ver completamente a quien se paraba entre las cortinas, y quiso Dios en ese instante tomar mi cerebro y colocarlo en forma correcta, hacerme este favor y permitirme conocer a la niña más linda que mis ojos hasta entonces habían podido ver.

Sus cabellos negros, quebrados, largos, con una diadema o corona adornando su cabeza, sus ojos grandes negros, sus largas pestañas acariciaban el aire, haciéndolo a un lado para no secar sus ojos, sus cejas pobladas, negras, como un pensamiento de Dios puesto en su frente, su carita linda, pequeñas pecas asomaban a su rostro,  su sonrisa mostraba sus dientes blancos alineados, sus labios regulares, rojos besables, su vestido azul, de inocencia, su ramo de flores en sus manos blancas, pequeñas, no tuve más ojos que para ella desde ese instante.

No importaban sus amigos, compañeros de escuela, las señoras “fufurufas” amigas de la madre, mi tía, la tía, nada, mis ojos no perdieron detalle de ella ni un instante.

Ella, Mercedes, hizo su aparición, abrió la pauta como una nota de Sol, como princesa, una real princesa, desde el primer instante supe que era para mí, escuche una canción, su canción, algo en mi interior me dijo que lo sería.

La fiesta transcurrió como todas las fiestas modestas y humildes, sin grandes orquestas, con discos en la consola, así se llamaban los muebles donde al abrir las puertas, de un lado estaba la tornamesa o tocadiscos, así como el radio de AM, no existía el FM cuando estos aparatos fueron populares y del otro lado una especie de estantes para guardar los discos, la música no recuerdo cual fue, quizá las mañanitas, en el proceso se bailó, bailamos el vals, vals de quince años, con Mercedes, su alegría evidente, feliz, agradecía a sus amigos y amigas, no eran muchos, agradecía a las señoras amigas de su madre.

Y me agradecía a mí, a mí, a mí.

No lo podía creer, al menos existía alguien en el mundo que reparaba en mi existencia, este muchacho larguirucho, con acné. Pelos necios, atolondrado y soñador empedernido.

¿Cuánto tuve que experimentar para llegar a este punto de escribir, de aceptar mis errores, de ver todas mis equivocaciones, de expiación si se quiere, de pedir perdón, a este ángel amoroso que es Mercedes y que me dio su canción?

La fiesta terminó, volvimos a casa al paso de dos o tres horas, el regreso caminando fue lleno de pensamientos, imaginando su rostro, sus rizos al lado de su cara, y de repente una frase, de esa que las tías suelen decir y que te marcan para siempre.

— ¡Esta niña Mercedes me gusta como para ti!—espetó con autoridad la tía, magnífica tía.

Seguramente se dio cuenta de mi encanto por Mercedes, seguramente vio la luz cruzar entre el rostro de Mercedes y mi mirada, cuántos amores habrá vívido la tía para reconocer inmediatamente la chispa, el toque, la canción de Mercedes.

Así, los días transcurrieron, sin mencionarse más el asunto de Mercedes, sin embargo, ella cantaba su canción a menudo en mi pensar, que además no es mío el pensamiento, proviene de la fuente inteligente del infinito.

Muchas cosas habrían de suceder, antes de tener el final feliz que supone haber conocido a la canción, a mi bálsamo, a mi Mercedes.

Continuará…por supuesto

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