¿Fue el vino?

¿Fue el vino?

¡No sé qué fue!

Recuerdo cuando la vi por primera vez. Sus ojos pequeños me miraron, con una sonrisa suave, tierna, amable. Le correspondí como la señora que es. En mi pensar solo quedó el eco de mi deseo.

¡Qué bonita es! Pensé.

Así, paso un año, dos, no lo recuerdo.

Ni siquiera imaginé que la volvería a ver. Fue solo un cruce de miradas sin más. ¿Para qué pensar más o imaginar encuentros o soñar siquiera tenerla de mi mano?

El caso es que por accidente, si por accidente le volví a ver.

Desde ese momento todo cambió, fue diferente. Y nuevamente pensé: ¡Qué bonita es!

Me dio su tarjeta, de su negocio y la guarde.

En mi locura y atrevimiento, le mande unas flores virtuales.

No deje de pensar en ella, transcurrió un mes o dos, y su nombre se repetía con su canción. Una canción dedicada a mí.

Por fin, de tanto acercarme, llegue a atrevimiento de invitarle a salir. Reservé el lugar en el restaurante.

Nos fuimos a cenar, el lugar casi vacío al llegar, el mesero ya sabía dónde ofrecer un sitio para dos enamorados. El más al fondo, el más discreto, el menos ruidoso, ¡para qué buscar disturbio si el amor requiere de paz!

Sin conocernos, nuestro conocimiento mutuo era casi nulo.

Su sonrisa continua, sus dientes pequeños emergían como invitación.

Sus labios pequeños también me decían ¡Bésame!

Su mirada también.

Cenamos, algo especial, que importa.

Tomamos, si por supuesto.

Pedimos un vino, fino, del país, ¡que si hay!

Su sabor dulzón, casi seco, afrutado. Nos llevó de una copa a la otra.

El nivel del vino bajaba lentamente, la conversación subía también, el lugar estaba lleno de comensales. No nos dimos cuenta de ello, nuestro mundo era una esfera aislada para ella y para mí.

De repente, un impulso mío, me paré del banco en el que me encontraba sentado y le tomé el rostro entre mis manos, con la dulzura de que fui capaz, le estampé un beso en su deliciosa boca. Disfrute ese chispazo de olor, sabor, calor, ternura, todo al mismo tiempo. Ahí mi alma atravesó su alma, buscó un rincón donde anidar, hizo a un lado todo y se quiso quedar para siempre, el más modesto rincón, el más pequeño, pero dentro de ella.

La botella se vació, serví la última copa y la última gota en su copa. Bien dicen que es la gota de la felicidad. Cuando terminamos de cenar, terminamos el vino y comenzamos nuestra historia.

Salimos del restaurante, su risa inundaba el espacio, los comensales volteaban, tal vez preguntándose de qué se reían ese par de locos. Si locos desde ese momento.

Sus besos se continuaron, sus labios me pertenecían, su noche fue mía y mis días ahora son suyos.

¿Fue el vino, fue la noche, fue la cena o el lugar, fue su rostro o su mirada?, hace de esto poco tiempo y parece como si por siglos nos hubiéramos buscado.

No pido comprensión, nadie lo entendería.

Solo sé que ahora su alma pasea junto a la mía.

¿Fue el Vino?

A.R.Barrios

Veracruz, Ver. Noviembre del 2015

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